Cuando conocí a la holandesa, Benjamín estaba
muerto. Lo mató el cáncer, cómo a todos. Habían pasado dos años. Viché su
atelier, el living y su último escondite. Una glorieta abierta al campo, donde
transitaban las gallinas sin ninguna conciencia.
Ella también se llamaba Catherine y cambió
el francés por el inglés para que pudiéramos entendernos. Llevaba la tristeza puesta, rodeada
de fotos familiares.
El hijo era hermoso y muerto. Cómo la hija
y Benjamín. El primero muerto en un accidente de avión, que algunos tomaban
entre comillas, "un accidente", pero que era tema cerrado. El secreto llevaba palabras como:
deporte extremo, riesgo, avión, peligro.
La hija, ella sí, se mató.
Y Benjamín enfermó, lucho y enfermó y perdió.
La hija, ella sí, se mató.
Y Benjamín enfermó, lucho y enfermó y perdió.
Nos ofreció vino y queso. Pero ese queso
era holandés y picaba en la nariz. Tenía wafles, redondos y duritos, una nueva
delicia. Sellamos la tarde tomando té. Ellas estaban en la edad donde los placeres no
llevan orden, ni prohibidos.
Había un canasto con una perra vieja, tan tanto.
Sufría escuálida esperando...
No podía disimular mi curiosidad por las
pinturas. Le hablé de internet, de difundir, atrevida. Ella preparaba un libro.
Cuando me fui, sentí que le daba la
espalda a un inframundo detenido, a la belleza. Sentí culpa de dejarla y lástima por
quiénes nunca verían ese lugar. Dijo que no quería una bandada de japoneses apilonados
en la puerta.
Pocos días antes de morir Benjamín, la
casa solo era frecuentada por familiares. El tenía la autoridad de un
desahuciado, enfrentado a la montaña y las lavandas.
Aquella tarde el teléfono sonó en la casa de la iglesia,
la citaban en el campo. Ella, amiga fiel, apareció con su imagen torpe, su auto
sucio, sus lentes cobre. Perdió la tarde sentada, sonriéndole a los presentes,
con esa sonrisa que obligada debe mantenerse entre la simpatía y el respeto. Cuando
por fin le atendió, pidió a los presentes que se retiraran del cuarto, y en su
lugar quedo su amiga y él. Hueso y alma.
- Quiero que me consiga un cajón sin
lustre, sin barniz, madera y clavo.
Lo último que pintó Benjamín fue su
féretro. No pudo mezclar la pintura, con una mano pintaba y con la otra daba
instrucciones. Pintó postrado en la cama, su hija, la otra, la aún viva, le
ayudó.
Luego simplemente murió.
